Demasiado temprano

Abro los ojos lentamente. Que sueño tengo, es como si fueran las tres de la madrugada. De repente algo no cuadra. Si son las tres de la madrugada, cómo coño entra tanta luz en mi habitación. Mi cabeza gira asustada hacia el despertador que tengo a mi derecha ¡Son las ocho de la mañana! ¡Dios mío! Hoy llego tarde a trabajar. Lo que se llama despertador hoy no ha cumplido con su nombre.

Mi puesta a punto es de locura, ducha, cuatro retoques en mi cara para que desaparezcan los signos inequívocos de una noche de relax total y salgo a toda marcha con mi coche, al que hoy voy a darle caña hasta hacer chirriar las ruedas cuando lo entre de lado, tocando el freno de mano en el aparcamiento de mi trabajo.

Ilusa de mi ¿No sabes que cuando más prisa tienes, se juntan todas las Leyes de Murphy y te encuentras con todos los obstáculos posibles en tu camino?

Primero intento salir del garaje. Parece que hayan abierto los semáforos del mundo y todos están verdes menos el mío que es de un rojo tan intenso que hasta hace daño a la vista. Desfila ante mí todo el parque automovilístico de España y yo allí, parada, esperando que alguno de ellos piadosamente me de paso. ¡¡ Ja ¡! Y una mierda “pa” mí. Yo no salgo, y no porque no quiera, sino porque evidentemente no puedo hasta que hayan terminado de desfilar ante mi todo los modelos, colores y marcas de coches, cual ejército perfectamente formado en el día de las Fuerzas Armadas.

Consigo salir y pongo rumbo a la primera rotonda. Ahí tengo suerte y la paso sin obstáculo “cocheril” alguno. Claro si ya no quedan coches, acaban de desfilar todos a la salida del garaje.

Segunda rotonda. En esta los coches adquieren forma de velociraptor, con dientes enormes asomando de sus motores y amenazándome con morderme si me atrevo a adelantar un milímetro mis ruedas del coche. Aún así, gracias a la potencia de mi coche y en un alarde de valentía acelero y salgo para unirme a ellos y enseñar mis dientes que también los tengo muy afilados… Que remedio.

Enfilo la recta carretera. Por fin una recta sin rotondas y sin semáforos, aquí podré adelantar tiempo. ¡¡ Noooo!! Acaba de interponerse entre mi coche y la despejada carretera el Sr. Lentitud Personificada. Ese señor mayor, que no tiene nada que hacer en todo el día. Que se ha levantado a las cinco de la mañana aburrido de no poder dormir, se ha preparado su tazón de leche calentito, se ha ido tranquilamente a su aseo, se ha afeitado, se ha sentado a ver las noticias del día y que se le ha ocurrido salir con el tiempo justo para poder colocarse delante de mi. El Sr. Lentitud Personificada tenía que ir al huerto a ver que tal siguen sus naranjos, claro, y no tiene más tiempo en todo el día, solo puede ir a las nueve de la mañana no vaya a ser que haga tarde y sus lindos naranjos le peguen algún ramazo si llega más tarde de las nueve. Después de diez largos minutos y cuando la carretera me lo permite, consigo adelantarlo, no sin antes echarle una mirada de odio cuando paso por su lado, mirada que creo que no ha sabido interpretar, pues su expresión tranquilona no se ha alterado lo más mínimo.

Consigo llegar a la ciudad. Ya queda poco, creo que lo voy a conseguir. Primer semáforo, jodida, rojo, segundos que se hacen minutos a la espera del verde. Verde, sigo, ya queda menos para llegar a mi, hoy, adorado aparcamiento. Paso de cebra y… señora con niños. Tres “preciosos” niños. Uno va de su mano, otro más pequeño que se para en medio del paso de cebra y al que la mama vuelve a rescatar estirando costosamente de él. Y el tercer niño que va en un carrito, y que me mira con una sonrisa burlona como diciendo “Sí, hoy te toca llegar tarde, jejejeje. Y como me sigas mirando así, me bajo de carrito y cojo una rabieta en medio del paso”. Opto por desviar la vista y mirar al cielo implorándole que empiece a llover  y que moje al impertinente niño que me intenta desafiar con su sonrisa malévola. Voy a seguir y veo que está cruzando otra persona. Esta vez es una señora algo gruesa a la que “gustosa y diplomáticamente” le cedo el paso. Dios mío, ahora comprendo por qué está de tan buen ver, un ataque al corazón por ir deprisa y estresada no le dará, no. La parsimonia al cruzar le rebosa por todos y cada uno de los trozos de su abundante ser. Por fin ningún peatón ni a mi derecha ni a mi izquierda que quiera cruzar.

No encuentro ningún obstáculo más. Están tocando las nueve en las señales horarias de la radio que llevo encendida. Ya diviso a lo lejos mi aparcamiento. Pero algo me resulta extraño. No hay ningún coche aparcado y tendría que estar lleno. Llego a la puerta. Cerrada ¿Qué pasa? ¿Quizás ha pasado algo y nadie se ha dignado a avisarme? De repente mi mente empieza a despejarse y cada neurona toma su posición correcta en mi cerebro ¿Qué día es hoy? 12 de mayo, un día como otro, o mejor dicho… ¡Un domingo como otro!

Con mucha paciencia doy media vuelta y conduzco mi coche de vuelta a casa. Evidentemente ahora sin ningún coche, niños, mamas, semáforos en rojo ni nada, absolutamente nada, que entorpezca mi retorno.

Con una sonrisa en mis labios pienso “Hoy aprovecharé bien el domingo”.

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