¿Dónde está?

Te crees que vives sola en tu casa, pero no es así. Piénsalo bien. Tienes mucha prisa, te están esperando. Ya estás en la puerta de casa lista para salir, bolso, zapatos de calle, gafas de sol, llaves en la mano (no vaya a ser que se queden puestas por dentro). De momento te das cuenta de que te has olvidado de coger las llaves del coche, de ponerte el reloj o de coger dinero. Vale, sueltas las llaves de casa, vuelves sobre tus pasos y coges lo olvidado. Vas a salir y no llevas las llaves en la mano, inmediatamente miras en el mueble de la entrada, no están. Miras en el bolso, no están. La mente se te queda totalmente en blanco. Piensas en todo lo recorrido en los últimos cinco minutos, te acuerdas de todo menos del segundo en que has soltado las llaves de casa ¿Dónde coño están?

            ¡Y aquí es donde descubres que no vives sola! Vives con el duende juguetón que te esconde las cosas cuando más prisa tienes. Te vuelves loca buscándolas y nada. Y empiezas a imaginarte al duende partiéndose de risa viendo cómo empiezas a agobiarte. Después de diez minutos de búsqueda intensiva e infructuosa por toda la casa, el duendecillo decide posar sigilosamente las llaves en el sitio donde no se te hubiese ocurrido mirar jamás. Ya desesperada te quedas quieta, a la expectativa, y repasas con la mirada todo lo que te rodea, y allí están, en la cesta que tienes de adorno en la barra de la cocina.

            ¿Cómo han llegado hasta allí? Ni idea. Las coges, sales corriendo hacia tu destino y durante el camino te estrujas los sesos intentado recordar el momento en que soltaste las llaves en la dichosa cesta.

No te preocupes, ni lo intentes, nunca lograrás recordarlo. Así que lo mejor es que aceptes que entre nosotros hay duendecillos cabrones que se divierten, en este caso con nuestras llaves. Pero ni se te ocurra dejar a su alcance ningún otro objeto que te haga falta, pues probablemente cuando lo necesites no lo encontrarás hasta que a él no le salga del “pirri” devolvértelo.

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