El destino

      NNoche fría en un balcón abarrotado de gente. No me atrevo a salir porque temo quedarme congelada. Me hago el ánimo, mis amigas están allí y quiero estar con ellas.

     Distraída miro y observo a miles de personas que inundan la Plaza Mayor, se divierten, bailan. Por algunas horas o días olvidan la realidad que les rodea en su día a día.

      Me fijo en una cara que creo conocer, no llego a distinguirla de manera nítida. Recurro a la vista de mi amiga. “¿Aquel chico rubito no es….?” Sí contesta ella. Agito en vano mi mano desde arriba. De momento y sin saber por qué diriges tu mirada hacia donde estoy ¿Qué Hada Mágica te ha hecho mirar al balcón? Le preguntas algo al amigo que está a tu lado. Y entonces… empezáis a saludarme los dos. Sí, eres tú.

      El destino quiso que transcurridos dos años de aquel día maravilloso en el que besos quedaron flotando en el aire, volviéramos a encontrarnos.

      Recogimos los besos del aire y los hicimos prisioneros en nuestros labios. Nuestras manos quedaron entrelazadas, y entre las miles de personas que inundaban las calles, volví a sentirme segura. Ya no nos separamos, no quisimos contrariar a un destino que quiso pararse justo en el momento en el que nuestras miradas se cruzaron dos años atrás.

      Intentamos conectar con la muchedumbre. Entramos y salimos de algunos locales, pero era inútil, nuestra mente, nuestros gestos, nuestros seres solo anhelaban una cosa, la soledad de un cobijo donde saldar el deseo de juntar nuestros cuerpos.

      Sin apenas darnos cuenta, y bajo la atenta mirada del destino, nuestras manos se soltaron para dar paso a caricias interminables. Nuestros besos volvieron al aire liberando nuestras bocas que recorrieron ansiosas cada parte de nuestros cuerpos. La seguridad que horas antes y años atrás, me habían dado tus brazos se convirtió en dulzura. Y me deshice y me entregué a ti. Y me mirabas y te entregaste a mí.

      Las horas pasaban. La luz del amanecer volvía a vencer al destino. La hora de la despedida se acercaba de nuevo. No querías irte, no quería que te fueras. Y me volviste a dar una rosa que el destino había guardado en tu bolsillo. Una rosa que hoy ocupa un lugar privilegiado en mi salón.

      Tu cuerpo se dirigía hacía la puerta con pasos lentos. Tu corazón se quedaba junto al mío. Una última mirada, unos ojos que se juntaban llenos de lágrimas y… un último beso al aire que volvió a encontrar mis labios.

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