El misterioso material de oficina

moficMañana intensa en la oficina. Papeles, llamadas, números, ordenadores, un montón de folios que tengo sobre la mesa, hace ya varios días, y que están pendientes de archivar. Cojo una goma elástica, la estiro y “zass” se me escapa y sale volando. La sigo con la mirada, pero su rapidez me impide ver dónde ha caído, lo puedo intuir y me acerco a la zona de aterrizaje, miro, miro y miro y la goma, misteriosamente, ha desaparecido.

Vuelvo a mi silla pensando que quizás esté colgada en algún cuadro, estantería o archivador, por lo que repaso con mi visión “lasser” cada rincón del despacho. Nada, la goma ha sido engullida literalmente por el monstruo juguetón que habita entre estas cuatro paredes. Me olvido de la gomita, cojo otra y vuelvo a dejar el montón encima de la mesa. Ya lo archivaré en otra ocasión.

Otro momento del día, entre las mismas cuatro paredes. Tengo un lápiz entre mis manos que continuamente suelto para componer la sinfonía de la cotidianidad en el teclado del ordenador, lo vuelvo a coger para puntear sobre el papel los números que intento cuadrar, difícil tarea. En el último movimiento de cuadre hago la intención de coger el lápiz y… ¡demonios!, ¿dónde está el lápiz? A ver, que no cunda el pánico. Analicemos, no me he levantado de la silla, no he lanzado el lápiz contra la pared por culpa del descuadre numérico que me asalta, a primera vista no está encima de la mesa, he movido papeles y sigue sin aparecer. De momento, recuerdo que durante un instante me lo puse entre mis labios a modo de mordaza. Joder, mira que si me lo he tragado. Posibilidad descartada por pura lógica, me hubiera costado un poco. Pero el puto lápiz sigue desaparecido. Está bien, cogeré otro.

Final del día. Recojo mis cosas, ordeno la mesa y de momento observo una punta negra que me mira como riéndose de mí ¡Jajajaja!, asomando su brillante y desvergonzada lengua de carboncillo entre los folios del montoncito que se había quedado encima de mi mesa sin archivar. Sí, exacto, el que tenía que sujetar con la goma elástica misteriosa. Empiezo a pensar que existe un complot contra mí, entre el material de oficina y el monstruo invisible. Cojo el lápiz, lo dejo con delicadeza en el bote con sus compañeros los bolígrafos y me dispongo a salir. Camino hacía la puerta del despacho y en el último paso, en la última pisada que me sacará de allí, noto algo rugoso bajo mi zapato, miro y… efectivamente, la goma elástica hace su aparición triunfal bajo mi zapato, dejando oír sus carcajadas burlescas dirigidas a mi inocente figura de oficinista que cree en monstruos. Y pienso: Que se joda, a esta por lo menos la he pisado, por lo que procedo a levantar el pie, y antes de cogerla, vuelvo a machacarla a modo de intento de apagar una colilla, pretendiendo, realmente, apagar mi enfado.

En fin, por hoy ya está bien en la oficina. Ahora voy a pelearme con el duende de los bolsos. Voy a buscar las llaves del coche.

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