El tesoro oxidado

Me quedé mirando la caja que encontré en el jardín. La identifiqué inmediatamente, es de él, mi pequeño. A veces jugábamos a esconder cosas, a ver si encontrábamos el uno las del otro. Quizás ese día, en algún momento del juego, algo lo interrumpió y se quedó allí para siempre. Hasta ayer.

            Subí a la buhardilla y la dejé encima de la mesa. Observaba la caja, ya algo oxidada por el paso del tiempo, aún se podía distinguir un poquito el dibujo de la tapa, un arco iris cruzando un cielo azul clarito.

            Acerqué mis dedos a su pequeña cerradura y presione para abrirla. Pero no, me detuve. Realmente no sabía si quería ver lo que contenía. Dejé de presionar, aparté mis manos y por mis mejillas resbalaron unas lágrimas.

            El no abrir aquella caja suponía para mí, que mi pequeño todavía tenía una última cosa que enseñarme, que decirme. No estaba preparada para decirle adiós. Así que, tras encontrar aquel tesoro después de un año, lo volví a enterrar en el jardín. Quizás algún día encontraría la fuerza necesaria para abrirla y despedirme de mi pequeño para siempre. Aunque dudo que para eso, ninguna madre esté preparada.

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