Esperándote

Dios mío, soy capaz de sentir la paz tan inmensa que encontré en esa cama. La paz era tan absoluta que las velas, que se esparcían por la habitación, eran incapaces de interpretar su baile suave e hipnotizador.

            Miraba como el cielo iba pasando de azul claro a azul intenso por el horizonte, pues empezaba a anochecer. Tumbada boca abajo, observaba el mar que casi llegaba a fusionarse con el cielo. El mar maravilloso que esa noche estaba totalmente en calma. Me di la vuelta, miré la mesita destinada a soportar el débil y a su vez gran peso de un libro.

            La brisa empezó a soplar dócil sobre mi cuerpo desnudo. Sentí frío, pero no me cubrí con la sábana blanca que vestía la cama. Cerré los ojos tranquila, pues sabía que en breves momentos llegarías tú para cubrirme con tu cuerpo, y de esa manera, hacer desaparecer ese ligero escalofrío que provocó en mí la brisa que osó pasar por nuestra habitación, una habitación abierta al mar, al cielo y… a ti.

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