Las aceras

¿Nunca os habéis preguntado quién narices ha diseñado las aceras? Yo un millón de veces. Sobre todo cuando los tacones son incapaces de mantenerse firmes, en el momento que pisan entre las puñeteras rallas, que componen las baldosas que utilizan para construir las aceras, o esos “puntacos” que sobresalen en todas las rampas de minusválidos y que se te clavan, hasta que te llega en dolor a la misma punta del último pelo de la cabeza ¿Seguro que no había otro diseño, menos doloroso, e incluso mas eficaz para esas rampas?

Intentamos ir muy dignas con nuestros tacones, pisando firme e intentando mantener en todo momento la verticalidad, evitando que nuestros pies parezcan bailar sobre los zapatos. En invierno es más fácil, pues como el zapato es cerrado, cualquier desliz de nuestro pie, es disimulado perfectamente en el interior, así que la única que se entera es la propia persona y quizás su tobillo, que sufre un ligero movimiento a izquierda o derecha y que es sujetado perfectamente, por la bota o el zapato diseñado para el invierno. Pero ¿Qué me decís en verano? Cuando nuestro pie va apoyado frágilmente en una fina plataforma y apenas sujetado por finas tiras de piel o de tela. Ahí es donde viene el verdadero problema, ahí es donde sufrimos torceduras de tacones bailarines. Y ni que decir tiene cuando las aceras hacen un poco de rampa, coincidiendo con la entrada y salida de un parking. Eso no se lo doy a pasar ni a mi peor enemigo. Ahí es cuando tenemos que accionar nuestro ESP (Electronic Stability Program) y a través de un complicado ejercicio de movimientos apenas perceptibles, o sí, por el resto de los humanos, lograr restablecer el equilibrio, en este caso, de nuestro cuerpo.

               Ahora pasaré a hacer una comparativa. Por ejemplo con las de Paris, allí las aceras son distintas, son lisas, anchas, espaciosas y perfectas para caminar y para patinar. Pero aún así no me libré de encontrarme con “el defecto” de una de ellas. Recuerdo que era el primer día que salía a patinar por esas perfectas aceras. Tranquilamente subía y bajaba con mis patines, los bordillos y las rampas sin “puntacos”, que hay allí. Cuando de repente, crucé una calle, subí un  bordillo y allí estaba ¡un flamante y precioso agujero en la acera! Sí, en una acera de Paris. Evidentemente cuando lo vi fue demasiado tarde, mi rueda estaba incrustada en él y yo volaba por los aires. El tortazo fue monumental y la caída de barbilla. Eso el primer día, y me quedaban cuatro más de estar allí patinando. Bien, las consecuencias no fueron muy graves, no hubo sangre, ni puntos, quizás puntos sí hubo, los que me dio una señora para valorar mi caída en plancha, al final todo quedó en una moradura y un bulto, que gracias a dios, salió debajo de la barbilla y que disminuyo considerablemente, cuando pedimos una coca-cola con mucho hielo en un bar. Evidentemente me importaba un bledo la coca-cola, pero sí que era muy importante que tuviera mucho hielo, pues fue el que sirvió para ponérmelo en el golpe y así aliviar el dolor y rebajar la hinchazón. Gracias al hielo, en las fotos, que era algo muy importante, no se notó nada la moradura ni el bulto, que quedaron ocultos bajo la barbilla.

               Bueno, volviendo al inventor de las aceras, casi voy a optar por pensar, que fue un hombre el que las diseñó en España y una mujer las que la diseñó en Paris. Aunque creo que el agujero con el que me topé allí, seguro que lo hizo un hombre, con el único propósito de poner un punto negro en las aceras de Paris ¿Y quién fue a encontrarse ese punto negro? No podía ser otra que una mujer de nuestra tierra, mejor dicho, de nuestras aceras, para que no echara de menos las aceras de… España.

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