La consulta del pueblito

Sigo en mi pueblito bueno. Hoy viene el médico, así que tendré que acudir a la consulta para que me recete algo, que alivie el picor de los granos que me ha provocado el “jodio” mosquito.

            La visita comienza a las nueve y media de la mañana. Llego puntual y aún así ya hay gente esperando. Decido sentarme y esperar pacientemente, tampoco tenía otra cosa que hacer.

            Allí reconozco a varias personas, el primo de mi madre, la dueña del bar de Perico, otra prima de mi madre, y el resto, para mí, desconocidos totales. Pero, cómo no, a mí me conocían casi todos. Aunque había una señora a la que se le escapaba mi identidad, y claro, cayó la pregunta de rigor, que esperaba alguien me hiciera de un momento a otro “¿Y tú de quién eres?”

            La tertulia en la consulta del médico, se convirtió en una tertulia colectiva. La sala de espera era pequeñísima, hacía bastante calor, pero allí se conocían todos y, aunque sabían que la espera sería larga, nadie se fue para volver después. Una hablaba de sus nietos refiriéndose a ellos como “Cuando se juntan los nietos, que son cuatro y cada uno de su leche…” La otra contaba sus dolencias de la pierna. Luego pasamos a los comentarios del mini huracán que había pasado la tarde anterior por el pueblo, y había derribado varios chopos de menganito y sotanito. Otra señora nos contó la historia de un huracán que pasó cuando ella era pequeña, y que hizo que un madroño casi cayera sobre su casa. Allí sólo faltaban unas cañitas fresquitas.

            Cuando el médico me llamó, me dio rabia que me tocara entrar ya, pues reconozco que estaba a gusto sintiéndome parte del ruedo tertuliano que allí se había formado.

            Desde aquí agradecer al mosquito sanote del pueblo, que acertó a darme varios picotazos, sin él, me hubiese perdido una mañana de agradable reunión tertuliana.

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