Las mujeres pollo

            Iba paseando tranquilamente por mi ciudad, sumergida en mis pensamientos y disfrutando de la calma de una mañana de domingo. De momento al girar de una esquina, me asaltó una imagen, que me sacó de mis pensamientos de golpe. Una señora con el pelo corto, despuntado, tintado de color amarillo y con una mecha azul en la parte delantera, lateral- derecha de su flequillo, casi chocamos. En ese momento me vino a la mente mi querido pollito Crispin.

            Crispin era un pollo de esos que venden en la plaza ¿Quién no ha tenido en su infancia un pollito de plaza? Pues mi querido pollito fue un pollo feliz, que consiguió vivir lo suficiente para que su color cambiara, de un amarillo fuerte a un amarillo descolorido, llegando incluso a perder el plumoncillo ese de los pollitos, pasando a tener unas plumas, que por supuesto, coloreé de color azul. Yo era muy feliz con Crispin. Jugaba con él, me seguía a casi todas las partes, y por la noche dormía en una cajita al lado de mi cama.

            En una y definitiva (luego comprenderéis por qué digo definitiva) ocasión, me fui a pasar el fin de semana a casa de mi tía, y desde luego mi compañero inseparable, vino conmigo a visitar a mis primos. Llegó la primera noche, y como siempre metí a Crispin en su cajita, para que durmiera confortablemente en medio de las dos camas, una ocupada por mi primo y otra por mí. Pero se ve que esa noche el pollito notó que no estaba en su “hábitat natural”, tuvo miedo y a media noche saltó de la cajita y fue en mi busca. Pero ¡horror! Crispin se equivocó de cama, y fue a colocarse en la de mi primo. Transcurridas unas horas, no sé exactamente cuantas, mi primo notó algo en su espalda, algo que no tenía por qué estar allí. Encendió la luz y, allí estaba, Crispin tieso como una mojama ¡lo había asfixiado! La “suerte” fue que no lo “espachurró” y el pollo quedó tieso pero entero, murió dignamente. A mi querido primo, no se le ocurrió otra cosa, que despertarme y presentar ante mis horrorizados ojos, al pollito con sus patitas tiesas y los ojitos cerrados. Imaginaos la escena siguiente, llorera mía, disculpas de mi primo, mi tía levantada para ver que pasaba, en fin, un dramón. Resto de noche en blanco, sin pegar ojo (Espero que ahora comprendáis lo de definitiva)           La mañana siguiente fue muy dura. Teníamos que enterrar a mi compañero de los últimos meses. Así que lo liamos en un precioso papel de estraza, bajamos los tres en silencio, mi primo, mi prima y yo, bueno los cuatro, porque Crispin también estaba con nosotros, aunque solo fuera de cuerpo presente, y nos dirigimos al campo que había frente a la casa de mi tía. Tuvo un entierro muy digno, casi igual que su corta vida.

            Pero la historia de esta mañana, no termina con la mujer pollo amarillo y azul, no. Continuado mi camino, me he cruzado con otra mujer, esta vez algo más joven, que llevaba el pelo negro azabache ¡con dos mechones azules! A ambos lados de su cabellera. Hoy creo que mi pollo ha querido hacer acto de presencia en mis pensamientos, y como no sabía cómo hacerlo, ha puesto ante mí a estas “mujeres pollo”, a las que tengo que agradecer el “buen gusto” a la hora de elegir los tintes a aplicar en su pelo. Han conseguido que Crispin haya podido ponerse en contacto conmigo, volviendo a mi memoria desde el más allá. Gracias mujeres Crispin.

            En memoria de mi pollo, que después de tantos años, todavía consigue que me acuerde de él.

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