Le atiende…

tefTuve la factura del móvil encima de mi mesa del despacho aparcada durante una semana. Cada vez que la miraba pensaba, “hoy llamo”. Pero no, no me terminaba de decidir. Por fin una tarde, me armé de valor y dije: “vamossssss”.

Marqué el número gratuito de la compañía. Operadora sudamericana, comunicación difícil, pero conseguimos entendernos. Resulta que el problema no me lo podía solucionar ella, “ya empezamos”. Me remite al que se suponía departamento adecuado a mi problema. Tras el teléfono una voz masculina española, casi lloro de gusto. Vuelta a la explicación, tampoco me podía solucionar el problema, no recuerdo el motivo, pero el caso es que me remitió a otro departamento. Ya íbamos por el tercero. Voz femenina, española, pero esta con mal genio, que sumado al nivel de cabreo mío, que empezaba a ser considerable, la cosa pintaba mal. Otra vez toda la explicación ya en un tono algo más subidito, pues el problema seguía sin solucionarse. El 30% de descuento no me lo había aplicado en la factura y la tía mal genio me quería hacer creer que la culpa había sido mía y que ella me podía ofrecer el 20%. No rotundo, yo quería mi 30%. Evidentemente no trague. De momento no tenía puntos, no tenía permanencia, no tenía 30% de descuento y no tenía teléfono nuevo, y la “mal genio” me decía que bajase el tono de mi enfado y que hablase bien porque se me ocurrió decir “que son especialistas en liar a la gente y que si me podía decir qué COJONES me habían liado y que COJONES había aceptado yo en su día”. Las explicaciones por supuesto no me convencieron y la “maestra en educación” me paso con otro departamento de aplicación de descuentos. Creo que eso lo hizo claramente para deshacerse de mí. Cuarto empleado de la compañía al que le tendría que explicar el tema. Operadores ocupados y voz que me indicaba que el tiempo de espera era superior a 3 minutos. Estaba dispuesta a esperar. Decidí empezar una tableta de chocolate que iba devorando ya de forma ansiosa.

Oigo por fin la voz de un humano, otra vez sudamericano. Le resumo el problema y le pregunto directamente si esto me lo podía solucionar él. A lo que me contesta que no, que mejor me pasaba con el departamento de reclamaciones. Este fue listo y se “olió la tostá” y me pasó con el ultimo departamento al que derivan los casos insistentes y cabreados. Luces de neón “Departamento de casos extremos”. Estaban intentando desquiciarme, pero no iban a poder conmigo, gracias en parte a la tableta de chocolate que ya iba por más de la mitad.

Quinto operador, esta vez español, vuelve a caerme una lágrima, esta vez ya no sé si era por escuchar hablar castellano o ya era producto de la impotencia más absoluta. A este personaje de la compañía ya casi le supliqué y apelé a su humanidad para que por favor me solucionase el problema. Le volví a exponer mi caso, le hablé de la conversación con sus cuatro compañeros (incluidos los intercontinentales) y apenas con un hilo de voz volví a reclamar mi 30% de descuento.

Esta vez encontré a un Papa Francisco y me dio el 30%, eso sí a cambio de la permanencia de los 12 meses, a la que por otra parte yo nunca me había negado. Le pedí por favor que me dijese punto por punto lo que acababa de contratar y lo apunté detalladamente para guardarlo bajo llave. La voz muy amablemente me dijo si deseaba algo más, a lo que contesté: “No, llevo una hora y media perdida de mi vida hablando con vosotros, exactamente con cinco de vosotros; llevo más de media tableta de chocolate que se me está haciendo agrio en el estómago; estoy a punto de llorar por la desesperación; no tengo voz. Así que de momento no quiero saber nada más ni de vosotros ni de vuestra compañía. Por favor apunta en ese ordenador, que supongo tendrás delante de ti:

“No llamar a esta clienta, riesgo inminente de ataque al corazón; ataque de nervios; locura momentánea y un largo etc. de dolencias graves si oye el nombre de nuestra compañía.

Duración del tratamiento: Un año”

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