Madrugada húmeda

detrasEn mitad de la noche ella se levantó. No podía soportar el calor que inundaba aquella pequeña habitación de la casa en la playa. Salió a la terraza para tratar de respirar un poco de brisa.

A esas horas de la madrugada, con una luna tan redonda como los pechos desnudos que casi atravesaban su fino camisón de seda, contempló el mar en calma. Apoyada en el balaustre de madera, que cercaba la terraza, sintió unas manos que la rodeaban por detrás. Era él, que al percibir su ausencia y abrir los ojos, había contemplado su bella y bien dibujada silueta, y sin poder evitar la erección, se acercó. Ella no se dio la vuelta y siguió mirando al mar mientras notaba como un cuerpo perfecto se acoplaba al suyo. Su cuello fue recorrido por una suave y húmeda boca que la transportaba al principio de un inevitable e inmenso gozo venidero. Sus ojos ya no podían, ni querían ver el mar. Sus manos se aferraban fuertes a la madera y sus nalgas rozaban provocadoras la firmeza del miembro masculino de su amante. Tras caricias que hicieron que el calor de sus cuerpos fuera casi insoportable y manteniendo la postura, él la penetró, en el mismo instante que ella se dejó transportar al más profundo de los placeres.

Cuando ambos abrieron los ojos, vieron que el mar seguía en calma y ausente a la gigantesca ola de placer que había barrido la arena. Ella se giró y sus ojos se encontraron, al igual que sus bocas. Un solitario camisón de seda quedó tirado en la terraza.

En la cama ya no necesitó ninguna prenda que la cubriera. Lo tenía a él.

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