Papá, padre, amigo

Era una bonita noche de primavera, ambos estaban sentados en la cocina frente a una cena informal viendo el partido de basket de la NBA que retransmitían los domingos por la noche. Un momento que a pesar de lo sencillo que pudiera parecer, los dos, él y ella, estaban disfrutando relajados mientras comentaban las jugadas siempre impresionantes de la liga americana. Entre jugada y jugada, entre bocado y bocado de la acogedora cena hablaban de sus cosas. La conversación fluía de lo más natural. En el tercer cuarto del basket este dejó de interesarles, pues sin querer, el hablar de sus cosas empezó a ser más importante.

            Hablaban de proyectos, de sus inquietudes, de sus familias. Él con algo de tristeza le comentó a ella que su padre hacía apenas nueve meses había fallecido. Y así comenzó un nostálgico relato de la relación que ambos, padre e hijo, habían tenido.

            Cuando era un bebe de apena unos meses de vida su padre tuvo un infarto del que todos creían que no saldría. Pero fue entonces cuando su padre demostró que un infarto inoportuno no iba a privarle de disfrutar de su pequeño rubio de ojos azules, ese pequeño que lo necesitaba para convertirse en un niño, en un adolescente, en un hombre. No lo permitiría. Luchó con todas sus fuerzas, y contra todo pronóstico se recuperó y aunque tocado ya de por vida y con 32 años su padre vivió. Había superado con éxito la primera zancadilla que le había puesto el destino. Y paradojas de la vida el doctor que le auguró un prematuro final, al cabo de los años murió antes que el propio paciente, el cual pudo acudir al entierro con gran tristeza pero a su vez con una cierta satisfacción por no ser él el que había obtenido el billete de ida sin vuelta al destino final.

            Su padre, a lo largo de la vida se dedicó a trabajar, trabajar y trabajar para que a sus tres hijos no les faltara nada. Trabajó durante 15 largos años en Barcelona, con lo que pudo pagarles los estudios deseados a cada uno de ellos. Pero la vida no se lo iba a poner nada fácil y otras enfermedades se empeñaban en intentar derrumbarlo, cosa a la que él se resistía gracias en parte a la fortaleza que le daba el ver crecer a sus hijos y el ver crecer a ese rubio por el que sentía una auténtica devoción. El pequeño de la familia al que le gustaba demasiado jugar al tenis y que se pasaba horas esperando en las puertas de las pistas del club, hasta que algún alma piadosa, tras percatarse de su presencia con la raqueta preparada y con esos ojos azules suplicando que le dejasen pelotear un ratito, se apiadaba de él y le decía “venga chaval entra un rato que nosotros vamos a descansar un poco” Y el rubito entraba raudo y veloz en la pista y se dedicaba a lanzar pelotas a la nada. Sacaba una y otra vez aunque sus golpes no encontraban rival al otro lado de la red. El pequeño fue creciendo y su empeño en querer jugar al tenis lo llevó a ser un buen jugador. Su padre lo seguía en los torneos, veía como su pequeño unas veces ganaba y otras perdía y entonces él estaba ahí para consolarlo y darle ánimos para hacer más llevaderas esas derrotas. Recordaba una ocasión muy especial en que al finalizar como ganador en uno de los torneos, su padre le dio la enhorabuena y tras darle un abrazo, le cogió la mano y le puso algo en ella. Eran unas llaves y le dijo que afuera había algo esperándolo. Salieron y en la puerta había un flamante BMW deportivo de color negro. Los ojos azules del pequeño que ya se había convertido en un hombre, se llenaron de lágrimas no ya por el espectacular coche que estaba ante sus ojos, si no por saber el gran esfuerzo que su querido padre estaba haciendo por él. Por sentir como su padre luchaba día a día contra las enfermedades que lo aquejaban y que sin darles mayor importancia, anteponía el bienestar de su familia a su propia salud. Era su familia lo que lo mantenía vivo. A él solo le importaba el poder estar todos juntos y bien posicionados en una vida que a él mismo le ponía muchas trabas en cuanto a salud se refería. El rubio de ojos azules nunca oyó a su padre quejarse por sus dolencias, más bien al contrario, su padre nunca les daba más importancia de la necesaria.

            Era un hombre fuerte, pendiente en todo momento de su mujer, de sus hijos, de sus nietos a los que ayudó a criar sin dudarlo ni un momento. Un hombre que si tenía que ir a dar una conferencia a Barcelona y cuando ya apenas podía conducir su flamante Z4 descapotable, llamaba a su pequeño para que lo acompañara. Conducía él y cuando ya el camino se le hacía demasiado largo le pasaba los mandos al hijo. Un hijo que veía a su padre desfallecer por momentos cuando al bajar del coche y antes de llegar siquiera a la puerta del lugar donde debía dar la conferencia ya había vomitado dos veces a consecuencia de la enfermedad de Crohn que lo aquejaba. Y que antes de entrar en la sala y subir al atril ya había conseguido doblegar y vencer la enfermedad durante los minutos suficientes para empezar y terminar su trabajo. El padre ya necesitaba a su hijo para algunas cosas de la vida, los papeles se intercambiaban, el hijo debía ahora cuidar de su padre, el hijo estaba dispuesto a cuidar a su padre.

            La noche avanzaba, el basket había terminado, la televisión seguía en marcha, pero a ellos ya hacía rato que les había dejado de interesar la programación televisiva. El tiempo para ella se había parado, para él ese mismo tiempo había retrocedido para reencontrarse con su padre.

            Austin seguía con su relato, mientras Carol lo miraba ensimismada y en su mente ese relato se transformaba en imágenes reales de cada momento descrito.

            Austin recordaba cuando su padre le propuso que debían de hacer un viaje los dos juntos a distintos lugares del mundo, mochila en mano y sin un programa de visitas específico, algo así como dos amigos aventureros que se lanzan a vivir una aventura que terminaría con un recorrido en el transiberiano. Un destino final para Austin pues después de Rusia su padre estaba dispuesto a continuar él solo unas semanas más ya que le seducía la idea de un pequeño final de viaje en solitario. Un proyecto que se quedó en eso, en un proyecto pues papa sufrió un nuevo ataque al corazón del que fue incapaz de reponerse. El especialista tras darle una pequeña esperanza de que su dolencia cardiaca podría tener solución con una operación, y que tras un exhaustivo examen del paciente, finalmente era imposible dicha operación. En ese momento su padre, su amigo, tiró la toalla. Consideró que su tiempo en este mundo había tocado a su fin. Sus hijos ya estaban criados, su mujer bien posicionada y él ya no podía luchar más, no tenía ya fuerzas para continuar, no veía ya ni un atisbo de esperanza para una posible curación, y con 62 años desistió en su lucha. Todos sus hijos estuvieron a su lado y el joven de ojos azules vio como su padre lo dejaba solo. Fue él  quien se encargó de recoger las pertenencias de su padre de la habitación en la que había pasado sus últimos días rodeado de su familia. Fue él el que recogió las cenizas, se subió al Z4 descapotable en el que habían recorrido tantos kilómetros juntos y con lágrimas en los ojos las llevo al destino final, a la libertad definitiva, la libertad que ese gran hombre, ese gran y característico Señor  había soñado disfrutar siempre, sin enfermedades que lo pudieran detener ya. Sus cenizas volarían libres por los paisajes de Teruel, su tierra natal y a la que había amado tanto. Una libertad que ya se había ganado en vida pues durante los años vividos se había dedicado en cuerpo y alma a sus hijos, teniendo especial devoción por su pequeño, ese pequeño que fue el que le dio fuerzas para superarlo todo, ese pequeño que lo acompañó hasta el final de su vida y en el principio de su libertad.

            Después de la muerte de su padre, Austin quiso hacerle un homenaje, y se prometió que correría una maratón en su honor. Cosa que pudo hacer dos meses después. Cada paso que daba, cada kilómetro que recorría, su padre lo acompañaba en sus pensamientos. Y cuando lo consiguió, cuando cruzó la línea de meta sintió que su padre estaba con él, y que nunca, nunca lo olvidaría y mientras él viviera su padre seguiría vivo en su corazón y en su mente.

            Carol tenía lágrimas en sus ojos. Austin la miró. Ella se levantó y lo abrazó.

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