Sin fondo

Si leísteis el artículo de ayer, os he de confesar otra cosa… también existe la mujer del duende, que imitando a la exministra del desaparecido ministerio de igualdad la Sra. Bibiana Aído, vamos a llamarla duenda.

            Evidentemente la duenda no habita en nuestra casa con nosotros, sino que a ella le gusta más vivir en nuestro bolso. Además como es mujer, le gustan los retos y hace desaparecer cosas en sitios donde que se pierda algo es realmente difícil, pero lo consigue.

            Me imagino que os habrá pasado alguna vez que en el momento de ir a pagar, por ejemplo, en la gasolinera, os acercáis a la caja, abrís el bolso, metéis la mano y lo primero que tocáis son las llaves, no. Ahondáis un poquito más la mano y lo siguiente que tocáis es la funda de las gafas, no. Lleváis la mano a la otra esquina del bolso y rozáis la mini bolsa de aseo, no. Ya nerviosa vuestra mano empieza a recorrer todo el bolso por el fondo, por los bolsillos, y el dichoso monedero sigue sin aparecer. En un momento dado empezáis a creer que os han robado y por fin hacéis lo que estáis evitando hacer durante todo el rato, volcar todo el contenido del bolso en el mostrador. Ahí ya la duenda no tiene escapatoria, quedan todas tus pertenencias a la vista, tuya y lo que es peor, de todos los allí presentes y ahí está el puto monedero con la duenda invisible agarrada a él y partiéndose el culo de risa. Ha conseguido lo que quería, que todo el mundo sepa lo que llevas en el bolso, que como sabéis son miles de cosas, unas necesarias y otras totalmente inútiles, pero que siempre nos gusta llevar. Nuestra intimidad al descubierto.

            También puede pasar, que salís a cenar con algunas amigas. Una vez terminada la cena decidís ir al lavabo a empolvaros la nariz. Salís monísimas de la muerte. Después del restaurante os acercáis al pub de moda. Una vez dentro veis al chico de vuestros sueños, y de repente ¡Dios mío! Caéis en la cuenta de que no os habéis pintado los labios. Sin quitarle el ojo a la presa, introducís la mano en el bolso para buscar el pintalabios que os dará esa luz mágica para que el maravilloso ejemplar se fije en vosotras. El pintalabios no aparece por ningún sitio, tú no dejas de rezar para que él no te mire todavía. Tu mano va loca por el interior del bolso, y nada. Así que optáis por ir de nuevo y rápidamente al lavabo para buscar el puto pintalabios. Volvéis a verter el contenido encima del mármol del aseo, esta vez sin que os importe lo más mínimo que vuestra intimidad quede al descubierto, pues vuestro único objetivo es daros prisa y salir lo antes posible. Ahí está, el pintalabios con la duenda invisible esta vez metida dentro de la mismísima barra de labios. Os pintáis, salís corriendo para mostrar vuestra maravillosa sonrisa coloreada al mozo y ¡Jodida! El mozo ya no está. Esta vez la duenda se ha pasado…

            Y no os penséis que vosotros los chicos no lleváis duende. El vuestro es el duendecillo de los bolsillos, que este es más joven y está en prácticas y por eso le ponen retos más difíciles. Que todas sabemos que no lleváis bolso, pero en vuestros bolsillos se pueden encontrar, si el duendecillo quiere, las cosas más insospechadas, y ahí el jodido duende se lo pasa bomba.

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