Sueños enológicos

VINONo entiendo mucho de vinos. Para mí un vino me gusta o no cuando lo pruebo. Solo sé que se me puede coger más o menos a la garganta, me puede dejar un sabor áspero en la boca o endulzar el paladar.

Así que un día decidí ir a la bodega de mi pueblo, especialista en vinos, y le pedí al entendido dependiente que me vendiese un buen vino. Y así lo hizo. Luego fui a la librería y elegí un libro que me pareció podría instruirme sobre el preciado caldo.

Llegué a casa, me puse cómoda, descorche la botella, me serví una copa y me dirigí al salón, donde me senté en mi sillón preferido. Abrí el libro, y saboreando cada trago al compás de la lectura, empecé a saber algo más sobre el aroma, el aspecto, la textura, las cepas y un largo etcétera de términos enológicos, pudiendo así llenar mi mente de sabiduría y mi cuerpo de sensaciones aterciopeladas.

De esta manera y de una forma realmente agradable, aprendí mucho sobre el vino. Y tras servirme dos copitas más, conseguí irme a la cama con buen sabor de boca y por qué no confesarlo, algo achispada. Esa noche hice verdadero el refrán que dice… “Nunca te acostarás sin servirte, perdón, sin saber una copa, perdón de nuevo, una cosa más”.

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