Teléfonooooo!!!

Hoy voy a descansar. No quiero saber nada de nadie. Dejo el teléfono lejos de mi alcance y así es como que ahuyento los malos dedos de los que pretendan marcar mi número hoy. Iré a la playa, luego comeré y me dedicaré a estar tumbada el resto del día en mi querido sofá, que parece triste después de estar toda la semana sin sentir las posaderas de nadie en sus mullidos cojines.

La mañana transcurre sin incidencias, todo sigue según el plan trazado. Termino de comer y arrastro mis posaderas hasta el anhelado mobiliario, en el que descansaré hasta el infinito y más allá. Relax total, transcurren diez maravillosos minutos en los que mi mente empieza a entrar en una especie de sopor irreversible. De momento suena el teléfono y su estrepitosa música, que elegí en su día para que no me pasara inadvertida en los momentos de exasperante ruido, me saca de golpe de esa neblina en la que empezaba a sumergirme. Yo no esperaba a nadie, no esperaba ninguna llamada ni que nadie, absolutamente nadie, me molestara hoy.

Un amigo de hace años que vive lejos quiere pasar a verme, charlar y de paso cenar juntos. En dos horas estaría en mi casa. ¡Dios mío, y yo con estos pelos! Tenía dos horas para poder arreglarme, salir a comprar algo para la cena y planificar la tarde y la velada con esta persona que había interrumpido mi feliz día de homenaje a mí misma.

Siempre pasa igual, cuando menos te lo esperas y cuando menos ganas tienes, el teléfono te jode y suena para traerte visitas a casa, citas inesperadas o charlas interminables con amigos que necesitan hablar irremediablemente en ese momento.

 

Luego está el otro extremo. Otro día, totalmente distinto al descrito en el párrafo anterior.

 

Has quedado en que tu amiga del alma o tu amante de turno tienen que llamarte. Te sientas en el mismo sofá del salón, pones el teléfono a tu alcance y cierras los ojos, aunque no puedes dormirte por si suena y no lo oyes ¡Pero cómo no lo voy a oír si tengo el volumen del altavoz al máximo! Bueno sí, pero por si acaso yo lo pongo cerquita de mi oreja y a mano para poder engancharlo nada más suenen las primeras notas de la canción de moda.

Cierras los ojos, abres uno por si ves la luz de la pantalla que se enciende y lo puedes coger antes de que suene. Nada, no se ve ninguna luz. Vuelves a cerrar los ojos, vuelves a abrirlos y esta vez coges el teléfono y le das a la tecla de iluminación por si sin darte cuenta te has quedado dormida profundamente, ha sonado y no has podido captar su sonido por culpa del profundísimo sueño en el que has entrado ¡Pero si me tenía que haber muerto para no oír el maldito teléfono! Confirmado, el teléfono sigue sin dar señales de vida. Creo que el que se ha muerto es el aparato en cuestión.

Transcurren los minutos y no consigues pegar ojo. Desistes de la siesta y enciendes la televisión. Intentas entretenerte mirando no sabes ni qué, pues tu vista va y viene del televisor al teléfono, del teléfono al televisor, como si al mirarlo mucho, el teléfono se animara a sonar solito. Sigue muerto. Pasan las horas y piensas si se habrá estropeado, así que desde el teléfono fijo llamas al móvil para asegurarte de que realmente no esta estropeado, en realidad no tiene por qué estarlo. Confirmado, el teléfono suena y funciona perfectamente.

Ha transcurrido la tarde y anochece. Tú sigues compuesta, sin amiga, sin amante. Decido ponerme el pijama e irme a dormir. Ya he adorado suficientemente al dichoso teléfono y ahora ya me niego a seguir con esa actitud, que se jodan el teléfono, mi amiga y mi amante, aunque creo que la única jodida aquí soy yo. Me voy a la cama.

Por fin cierro los ojos. Ya no tengo que estar pendiente del teléfono, que dejo lo suficientemente alejado de mí para no caer en la tentación ni de mirarlo, pues por las horas que son ya nadie se dignará a hacer que mi teléfono reviva de la muerte que ha sufrido durante largas horas de espera infructuosa. Pero para seguir con la costumbre, cuando ya dejo de esperar llamada alguna, mi teléfono revive como si fuera el mismísimo Jesucristo y suena y suena y suena. Pues que suene, no pienso molestarme lo más mínimo para ir a cogerlo. Deja de sonar y la curiosidad me puede, así que me levanto y miro para ver quién me ha llamado. Mi amiga. La llamo y pasamos media hora hablando de lo que le ha pasado y dándome las explicaciones oportunas del porqué de su “no llamada”. Cuelgo. Vuelvo a mi estado horizontal en la cama, transcurren cinco minutos y el monstruo de turno vuelve a sonar. No pienso cogerlo. Deja de sonar y vuelvo a repetir la operación anterior de levantarme y mirar a ver quién ha llamado. Esta vez ha sido mi amante, así que falto a mi palabra y también lo llamo. Pasamos media hora más hablando. Todo queda aclarado y nos despedimos amistosamente.

 

Resumen de ambas jugadas. En la primera ocasión, el maldito teléfono no me ha dejado dormir la siesta, trayéndome visitas inesperadas. En la segunda, no me ha dejado relajarme y me ha tenido pendiente de él durante toda la tarde y parte de la noche esperando que cantara su bonita y estruendosa canción. Lo hace, y encima lo más increíble es que al final me ha tocado pagar a mí las dos “maravillosas” llamadas que he efectuado a mis respectivos interlocutores ¿Para qué?… para nada. Eso sí. He podido dar fe de que mi teléfono suena maravillosamente bien, no está estropeado y cumple a la perfección su misión… Dar por el culo en los momentos más INESPERADOS. Peeero, desconectarlo para que no me molesten NUNCA lo haré. ¿Por qué? Muy sencillo, si lo desconecto me paso el rato pensando en “mira que si pasa algo y no me pueden avisar”.

 

Teléfono, maldito, endemoniado y…  bendito artilugio.

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