Todos al Gym

Hoy vuelvo al gimnasio. Esa cita silenciosa e inspiradora de las tardes del segundo día de la semana. Estoy pensando seriamente en no volver, o por lo menos no volver los martes… Ahora sabréis por qué.

            Llego a casa después de nueve horas interminables de trabajo y la verdad es que no tengo muchas ganas de empezar a cambiarme para mis quehaceres deportivos, pero una disciplina que me impongo y sobre todo pensando en mi vista, me decido a ponerme manos a la obra o mejor dicho pies en deportivas.

            Y llego al gimnasio. Nada más cruzar la puerta… recepción ¿Quién hay en recepción? Pues él. El entrenador que hace  las veces de recepcionista y de entrenador personal. Ese entrenador-recepcionista al que no le sobra ni le falta un músculo en su cuerpo, que lleva los tatuajes justos y necesarios (Amén) para que queden de lo más decoroso en esos brazos. Ese recepcionista al que estoy deseando pagarle una sesión de solarium o decirle que me marque el bono de mi asistencia a clase, simplemente para oír su voz y que durante cinco o diez minutos esté sólo para mí. Y qué decir cuando hace de entrenador personal. Ahí va él, paseando por la sala y controlando los movimientos de los que allí sudamos para mantener nuestro cuerpo firme y en forma, echándole un pulso a la gravedad que se empeña en estirarnos con fuerza las carnes hacia abajo. Él, al que creo, no, estoy segura que la gravedad todavía no lo ha visto y no sabe ni que existe.

            Cuando pasa por mi lado y me observa para ver qué tal hago el ejercicio que esté realizando es ese momento, mi cuerpo se pone tenso y me pongo tiesa como un palo, y claro él siempre me dice que he de relajar un poco el abdominal y flexionar las rodillas. ¡¡¡¡¿Pero cómo quiere que relaje el abdominal?!!! Si estoy la mayor parte de la clase sin respirar para que no se me salga ni un trocito de mi precioso michelín, sí, ese que si respiro da rienda suelta a su espacio y se empeña en juntarse en mi contra con la gravedad. Y lo de flexionar las rodillas ¡ni hablar! Que me parece una postura un poco escatológica. Así que los esfuerzos de mi entrenador para que consiga hacer los ejercicios relajada no dan resultado.

            Hasta aquí  una parte de mi historia en el gimnasio. La otra parte viene cuando llega Mr. Perfecto, nombre con el que he bautizado a la persona más bien hecha que he visto en mi vida.

            Sitúense. Yo sentada trabajando pectorales y de momento entra Mr. Perfecto. Sonrisa perfecta, los dientes más blancos que he visto nunca. ¡Ja! Me río yo de la sonrisa de Tom Cruise. Sigamos, rasgos perfectos, delineados con escuadra y cincel, moreno perfecto, espalda ancha, cintura estrecha aunque sin pasarse, abdominales que ni existen, en su lugar hay una tableta de chocolate suizo del mejor, y las piernas… pues esa parte me la imagino ya que al llevar pantalón de chándal algo anchito no puedo distinguir los músculos que forman esas piernas desde la cadera al tobillo. Pero me jugaría un martes sin gimnasio a que van al compás del resto del cuerpo.

            Recuerdo un día en el que Mr. Perfecto se puso en la máquina que estaba justo delante de mí. Extiende su toalla en la tabla, se tumba boca abajo, se pone el rulo de peso en la zona de los talones y empieza a levantar sus piernas hacia atrás, uno, dos, unos, dos, arriba, abajo, arriba, abajo y su culito iba al mismo ritmo, uno, dos, arriba, abajo y mis piernas iban al ritmo de las suyas y mis ojos al ritmo de su culo y mis pensamientos a su ritmo, pensando y deseando convertirme en la toalla que recibía cierta parte de su anatomía cuando a su culito le tocaba ir hacia abajo. Creo que el sudor que recorría mi frente no era tanto del esfuerzo físico que requería mi maquina en esos momentos, sino más bien del esfuerzo mental que estaba haciendo para evitar mirar ese culo que seguía subiendo y bajando sin tener más que una toalla debajo. Qué desperdicio de ejercicio.

            Ahora creo que entenderán el por qué todos los martes, esté cansada o no de tanto trabajo y de las mil cosas diarias que llevo entre manos, haga el “gran esfuerzo” de ir al gimnasio. El tener a esos dos bombones en el “gym” me sirve para que mis carnes sigan oponiéndose a la puta gravedad y mi vista siga manteniéndose en forma sin tener que echar mano de plegarias a Santa Lucía.

            ¿Creen que debo dejar de asistir los martes al gimnasio? Pues va a ser que no. Seguiré regalando a mi vista ese bello espectáculo en forma de hombres perfectos que se merecen ser admirados. Mi vista ya ve demasiadas letras en la pantalla del ordenador y demasiados hombres corrientes (por llamarlos de alguna forma) por la calle. Y aunque sea una vez a la semana seguiré ofreciéndole a mi vista y a mi cuerpo una sesión de “gym” en vivo, en directo y en tiempo real.

Como dice la famosa cita latina en una de las Sátiras de Juvenal:

           “Mens sana in corpore sano”.

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